18.8.17

Lorca, época y poesía

«No hay quien pueda definirle» atestiguó en su día Vicente Aleixandre –un poeta de la generación del 27, la misma que nuestro protagonista–. Si algo es cierto, en mi opinión, es la extremada complejidad que presenta hablar de un personaje tan completo que, pese haber tenido una vida corta, vivió todo tipo de vaivenes. Sin embargo, no tengo temor –o el descaro– de intentarlo aunque, irremediablemente, me quede corto.

Federico García Lorca fue un “escritor” en el sentido estricto de la palabra, pues su amor por el arte lo llevó a abarcar todos los campos literarios y marcar la diferencia en estos. Esta voz castellana, que a día de hoy es de las más reconocidas junto las de autores clásicos como Miguel de Cervantes o Lope de Vega, nació un caluroso 5 de junio de 1898 en Fuente Vaqueros, una pequeña localidad en la provincia de Granada.

Hijo de un rico propietario agrícola, la infancia del poeta fue –y se presenta ante él– como la etapa más feliz de su vida; sin las preocupaciones y los miedos de la vida adulta. Hasta tal punto, que el paso de esta –que se fue para no volver– dejó cicatriz en su joven y nostálgico corazón. Su fascinación por esta etapa, la facilidad con la que los niños se sorprenden y la curiosidad con la que observan todo incitaron al poeta a escribir expresamente un poema titulado: Infancia y muerte.

                                             « Para buscar mi infancia, ¡Dios mío!,
comí limones estrujados, establos, periódicos marchitos.
Pero mi infancia era una rata que huía por un jardín oscurísimo,
una rata satisfecha mojada por el agua simple,
y que llevaba un anda de oro entre los dientes diminutos. »

El estatus y renta económica familiar le abrieron puertas a una excelente educación para la época –en contraste con Miguel Hernández, otro mítico poeta antifascista–. Desde las clases particulares de piano hasta el ingreso en la universidad, todo el proceso educativo lo predisponía para ser un hombre de cultura con grandes conocimientos de música y escritura.

Estudiando en la universidad de Granada, donde era más conocido por su tacto musical, empezó a gestarse dentro de él una pasión efervescente por la literatura. Sentimiento motivado por uno de sus profesores, los viajes con este a ciudades de España y, como acontecimiento destacado, conocer a Antonio Machado –escritor de la generación del 98, por aquel entonces uno de los poetas con mayor reputación del siglo XX.



En 1919, un año después que publicara su primer libro Impresiones y Paisajes, el joven literato se mudó a la Residencia de Estudiantes (un centro educativo madrileño de la época) la que, sin duda alguna, estaba pasando por una de sus mejores etapas como núcleo de modernización cultural y científica del país.

Pese a la acusada influencia romántica y modernista, Lorca consiguió sacar su primer poemario en 1921. Libro de poemas –que así es como se llama–, nos deja ver entre sus versos como empieza ya a gestarse la conocida “poesía lorquiana” alrededor de temas tan humanos como el amor, la infancia y la muerte. Pero, sobretodo, empieza a destacar el uso de la simbología y la metáfora como unos de sus recursos más predilectos: «Un silencio hecho pedazos/por risas de plata nuevas» o «Dejando sobre el camino/El agua de mi tristeza».

Con apenas veintitrés años de edad, Lorca ya mostraba ser un escritor bastante complejo, aquejado por problemas existenciales del ser humano. La frustración –no hay mejor palabra para definirla– es por excelencia la sensación que desahoga en cada uno de sus escritos; se presenta la muerte como un fenómeno necesariamente violento y el amor lo expresa como algo complicado que termina causando dolor –si se tiene en cuenta, ya no sólo lo que implicaba ser homosexual en la primera mitad de siglo XX, sino su vida romántica; su experiencia vital refleja la huella dejada por amores y desamores como Salvador Dalí–.

Tampoco fue un artista separado de su mundo, no era un poeta al que le gustase estar distanciado de la cultura donde fue acunado. Un rasgo característico de la poesía lorquiana es la asimilación del folclore popular andaluz –cabe destacar la influencia de Manuel de Falla– y la mezcla de este con las técnicas literarias que había ido aprendiendo a base de ser constante y activo en el movimiento cultural de la universidad. Este proceso de maduración, en el que el poeta vuelve a las raíces y habla de su tierra, se pone en manifiesto en el Poema del cante jondo (1931) y El romancero gitano (1928)

«En la noche del huerto
seis gitanas
vestidas de blanco
bailan. […]
    Y en la noche del huerto
sus sombras se alargan,
y llegan hasta el cielo
moradas. »

Otro fenómeno de relevancia en su dinámica vida fue el viaje que realizó a Nueva York en 1929, ciudad en la que vivió por nueve meses y sobre la que escribió un poemario (Un poeta en Nueva York) de crítica social contra la vida urbana. Aun el romanticismo por lo tradicional, su estancia en América –ya no sólo Estados Unidos, sino Cuba o Buenos Aires– quizá fue una de las mejores experiencias de su vida. Salir por primera vez de España, encontrarte con una sociedad culturalmente distinta y con mayor diversidad religiosa; sin duda alguna significó mucho en su manera de ver el mundo y hacer poesía. Y también, a partir de aquí, fue consciente del enorme impacto que podía tener su obra más allá de las fronteras españolas.

A estas alturas es probable que os deis cuenta que hablar de Federico García Lorca, sin mencionar su papel en el teatro, es como querer presentar un automóvil sin ruedas. Yo también soy consciente de ello, y por esto mismo no puedo evitar mencionar la vital importancia que tuvo la creación de La Barraca a partir de 1931. A través de esta compañía de teatro, Lorca pretendía «salvar el teatro español», haciendo llegar este a todos los rincones del país y a todo tipo de públicos.

Como corresponde a la evolución histórica del país, vemos al Lorca de los años treinta como un artista más comprometido con la sociedad española y con la necesidad de  que esta apoyase más las actividades culturales y renovase el teatro español para una mejor educación del pueblo y dejar en evidencia “las morales viejas o incorrectas”.

Pese a todo, nada pudo evitar el levantamiento de armas del ejército nacional apoyado por la burguesía más rancia en 1936. Federico García Lorca, un escritor poco querido entre los falangistas por tener un pensamiento progresista y unas ideas extrovertidas para la época –por no mencionar su condición sexual –, no tuvo más remedio que buscar refugio para evitar caer prisionero. Sin embargo, esto no fue posible, pues poco después de la insurrección lo atraparon en la casa del poeta Luis Rosales. Llevado a Víznar tras la detención, y siendo inútiles todos los intentos de salvarle la vida, el artista fue fusilado un 18 de agosto de 1936.


No cabe duda que el trágico final del artista ha sido uno de las principales causas de su mitificación. Pero no hay que quitarle el mérito, de haberse dedicado a la escritura y haber trascendido en todos los aspectos que ha tocado de ella como ningún literato de la época. Con un estilo que ha estado en constante evolución, que ha exprimido todas las influencias que en él han influido y una temática dramática que, en lo más hondo del lenguaje, pretendía trasmitir la frustración humana que le provocaba una lucha interna con el avance del tiempo y la asimilación de que la vida es complicada –o más bien imposible– de controlar a nuestro placer.

18.6.17

La actualidad de los clásicos literarios

Expuestos a la luz o escondidos en los rincones más insospechados de nuestro hogar, los clásicos de la literatura universal están ahí. Permanecen firmes al avance del tiempo hasta el punto de parecernos a nosotros, los jóvenes lectores, unos colosos implacables para el entendimiento e incompatibles con el ocio. Son libros de cuya existencia somos conscientes por muy de lado que los dejemos, y a veces querríamos leerlos pero otras nos repelen.

Quizá, que el primer contacto con alguna de estas momias literarias sea incómodo se puede justificar por la presión escolar sobre la vital importancia de su lectura. Nunca falla el profesor o la profesora de Lengua a los que les encanta mitificar las grandes obras en sus clases. Aun así este método de imponer los clásicos como lectura no da la sensación, a mi parecer, de conseguir su propósito: aficionar a adolescentes a su lectura.

También cabe la posibilidad de que esta sociedad –«la sociedad de consumidores» como diría el sociólogo Zygmunt Bauman– amoldada al funcionamiento de los mercados, funciona según una de sus lógicas: consumiendo los libros que están de moda, con prestigio social y que generan un amplio margen de beneficios. Aunque siempre –o no– ha existido la literatura de masas, fenómenos como “After”, “Los juegos del hambre” o “Crepúsculo” solamente se pueden entender debido a una extensión rápida y cuantitativa –pero no cualitativa– del alfabetismo junto a una banalización del  criterio lector a favor de los intereses económicos de la industria.

 La diacronía por parte del sector juvenil puede venir influenciada por muchas otras motivaciones que no viene al caso enumerar. Pero, sin lugar a dudas, tanto la mitificación como las tendencias culturales dominantes en España son, al menos desde un conocimiento sensorial, dos de las razones más importantes por las que los libros de primera clase son apartados del día a día como si su lectura fuese anacrónica e inútil.

No cuesta mucho indagar por la red –os invito a ello, me es inviable mostrar todos los ejemplos que hay– y ver cómo adolescentes que leen casi a diario (incluso tienen inclinaciones por la escritura o por reseñar obras literarias en sus propios blogs) tachan a los clásicos de aburridos, densos, complicados, pasados de moda, sobrevalorados y un largo etcétera.

¿Pasados de moda? No tiene mucho sentido que desde un bando se afirme esto; pero por otro muy distinto, la crítica seria –los académicos y literatos que como Javier del Prado o M. Murguía dedicaron horas de su trabajo a la difusión y estudio de grandes autores como Marcel Proust o Ramón de Valle-Inclán–, los vistan de perennes y universales.

La actualidad de los clásicos, no hay que engañarse, no puede ser la misma que la que nos brinda una obra reciente. Eso es cierto. Las historias y personajes irán en relación a la época y sociedad en la que fueron escritos, pero como dijo Ítalo Calvino: «son libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado. »

Son libros que han sabido destacar dentro de su movimiento literario por su técnica o por tener un “efecto de resonancia”, adaptándose así no sólo a un público concreto en el tiempo y en el espacio; sino a un lector  (un conjunto de lectores, mejor dicho) de otra época y lugar que ha podido sentirse identificado con ellos, realizar paralelismos entre la realidad narrada y la suya, aprender algo nuevo o matizar un conocimiento ya sabido. Y esto no es algo exclusivo de obras viejas, si hurgamos concienzudamente vemos que otras más jóvenes como Juego de Tronos reúnen las mismas características.

La verdadera actualidad que pueda tener o no un ejemplar de Niebla, por poner un ejemplo, se concreta en el momento mismo en que uno se dispone a leer la nívola. Y varía. Por supuesto que lo hace, cambia según cuáles sean los ojos y la mente que realicen lectura. Y lo mucho que algunos o algunas sean capaces de entrever en la obra un brillo de eternidad, de similitudes o incluso goce; serán quienes mejor lo entiendan.

La única certeza que se puede sacar a la luz, después de todo, es que del mismo modo en que una obra se declara clásica, puede llegar un momento determinado en que deja de serlo: cuando es olvidada, descatalogada y ninguna editorial se molesta en reeditarla. Al final lo que dicta sentencia sobre los libros –clásicos, antiguos, juveniles o adultos– es su capacidad de producir ingresos o el empeño de algún hipotético colectivo que esté dispuesto a publicitarlos.


14.6.17

Poemas de Mao Tse Tung I

Tanto este poema como los venideros son extractos del libro Mao y la Revolución china  de Jerome Ch'ên. Editado y publicado por Ediciones Orbis S.A en 1965. El material del libro es más extenso que mera poesía, esta la comparto debido a que el libro ya no aparece en catálogos y es difícil de encontrar.

Agradecer a Isidro Molas y a Luis Avilés por la traducción.


La torre de la grulla amarilla (1927)

A través del país
corren los nueve afluentes
repletos, repletos.
De norte a sur
corta una línea
honda, honda.
En la bruma azul
de la lluvia y la niebla
se elevan, confusas, sobre el agua
las colinas de la Serpiente y la Tortuga.

La grulla amarilla
se ha marchado
¿Quién sabe dónde ha ido?
Sólo queda
este lugar de reposo para el viajero
Levanto mi vaso y brindo
por el embravecido torrente.
La marea de mi corazón
sube tan alta como las olas.


3.3.17

El retrato de Dorian Gray - Oscar Wilde





“Existe cierta fatalidad en toda distinción física e intelectual, esa especie de fatalidad que parece perseguir el tambaleante paso de los reyes. Es mejor no ser diferente a nuestros semejantes. Los feos y los tontos se llevan la mejor parte de este mundo. Pueden sentarse cómodamente mirar boquiabiertos la obra. Si nada saben de victorias, al menos se ahorran conocer la derrota. Viven como todos debiéramos vivir, no molestados, indiferentes, y sin inquietud”

Tras un tiempo largo, vuelvo a las andadas con el pie derecho pues la obra que me he leído es tachada, ni más ni menos, de clásica. Y su autor, Oscar Wilde, una de las plumas más prestigiosas que ha dado la Inglaterra de siglo XIX.

La estructura de la novela se apoya en un esquema que enfatiza en un ritmo circular de la acción que transcurre en esta.  Ciertos aspectos de la trama se reiteran en determinados capítulos del libro, con ciertas variantes. Tiempo, espacio y el diseño de algunas escenas colaboran a dar esa impresión y que permiten la fijación, por parte del lector, hacia el tema central de la novela que no tiene una externalidad propia.

Un tema amplio y que se constata sobretodo en los diálogos de los personajes principales: el debate sobre el arte, el artista, sus características y su fin único como actividad cultural altamente reputada entre los intelectuales de siglo XIX.

Un arte presentado –estando yo en desacuerdo– como un ente superior a cualquier expresión de la sociedad. Un ente capaz de crear conductas, pero que debe mantenerse separado de las limitaciones morales impuestas en las diferentes sociedades a raíz de una tradición cultural y/o religiosa. Se ven, con claridad, las influencias que tiene la concepción humanista de la expresión artística y de la cultura en general.

En cuanto a la trama, esta gira en torno a la vida de Dorian Gray y su interacción con los progresivos cambios de apariencia del cuadro que le pintó Basil. El debate por la eternidad de la belleza y la corrupción moral que desencadena tal obsesión por el cuadro. Obsesión por él y porque no sea visto por nadie. Un secreto que acaba siendo la agonía de Dorian Gray y el causante y resultado al mismo tiempo de la tragedia.

La evolución psicológica, consecuentemente, es un rasgo marcado de la novela y un elemento indispensable para que esta pueda funcionar con fluidez y sentido. Por mi parte, poco que comentar al respecto.


A modo de conclusión, y un poco harto ya de terminar las reseñas de una manera tan parecida, añadir la enorme relación de la novela con el entorno social y científico en el que se encuentra el autor; ofreciendo a la obra una complejidad mucho mayor cuya comprensión traspasa el papel del libro y requiere cierta tarea de investigación.

12.2.17

Esencia

Se levantó temprano y, sin llevarse nada a la boca, salió a la calle con el grueso pijama que le regalaron por su cumpleaños dos semanas atrás. Se había despertado con mucha hambre, pero no una cualquiera; le apetecía uno de esos deliciosos dulces pecados que se derriten en la boca al morderlos, produciendo un orgásmico placer al sentir en el paladar el sabor y la textura del chocolate con leche expandiéndose.

En la calle hacía frío, una temperatura completamente normal para el tercer día del año. Por suerte, no había que caminar demasiado para llegar al horno ya que este estaba justo enfrente de su portal. Cruzó la calle con un pensamiento que babeaba por un donut y, al contrario, con una boca que escupía insultos y maldecía tener un local cerca cuyo escaparate era el centro de tantas tentaciones y el causante de que muchas promesas de adelgazar estuviesen rotas.

 –¡Buenos días! –dijo enérgicamente el dependiente nada más verle cruzar el umbral de la puerta haciendo, como es típico, que sonasen unas metálicas campanitas.

 –Buenos días  –saludó este quitándose las legañas de los ojos –. A ver que hay…  –inclinó el tronco superior de su cuerpo hacia delante para echarle mejor ojo al conjunto de bollería que había en el mostrador.

 –Los donuts están recién hechos y Lorena está ahora mismo haciendo los croissants rellenos de chocolate –pareció excusarse, el hornero.

 –No me voy a complicar, Toni, una napolitana… –respondió, sacando del bolsillo unas cuantas monedas – ¿Un euro y veinte eran, no?

–El hombre es un animal de costumbres, Guillermo –se agachó con una bolsa en una mano y unas grandes pinzas, cuyos bordes contenían lo que parecían ser restos de otros productos, en la otra –. Sí, es un euro y veinte céntimos.

Guillem pagó con el dinero justo, cogiendo al mismo tiempo la bolsa sujetada por el currante, y salió al exterior despidiéndose con un modesto gesto con el brazo que tenía libre. Atravesó la calle, de nuevo, en dirección contraria, para meterse de nuevo en el portal de su casa. Llamó al ascensor del cual, una vez llegar a la planta baja, salieron un par de vecinas con quienes intercambió un buenos días desinteresado. Apretó el octavo y empezó a subir.


Cerró la puerta de su apartamento, dejando tras de sí otra historia más que conforma la cotidianidad  que, en apenas unos días, ni tan siquiera recordará. Dejó la bolsa con la napolitana en la mesa de la cocina y preparó un café. Tras unos minutos, en los que un ruido peculiar (cuanto menos) indicaba que ya era hora de retirar la cafetera del fuego. Vertió el líquido sobre un vaso lleno de leche tibia. Cogiéndolo, se volteó y se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa. Dio un sorbo y, después, sacó la napolitana dándole un mordisco. ¡Qué bien sienta el pecado!, pensó.

Allí estaba él, frente una casa nueva, avasallado de muebles nuevos, de objetos recién comprados… Una casa que le era desconocida, fría, con la que no compartía anécdotas y recuerdos, un hogar que no le abrigaba el calor que suelen dar las cuatro paredes en las que te has criado. Un cambio brusco, un entorno hostil… La señal del paso del tiempo, del final de una adolescencia que jamás volverá; una juventud, una etapa entera de la vida que, si bien todavía no se ha apagado en él, va poco a poco extinguiéndose.

Recordaba el pueblo, el cual seguía visitando de vez en cuando, y la opresión en el pecho que le daba el pasear entre sus calles. Observaba la vida que en ellas se generaba como si fuesen las mismas que hacía apenas unos años, como si nada hubiese cambiado. Pero, en el fondo, nada era como antes. Aunque todo parecía permanecer en su sitió, aunque su corazón pretendiera creer lo contrario. Pese a no ser la existencia más feliz, le llenó de buenos y alegres momentos de los que sólo quedan imágenes y amistades oxidadas. Un corazón que batalla con la razón, que pretende aceptar la realidad. Ni Guillermo ni yo sabemos bien qué causa tal aflicción.


Él sonreía mientras sus labios besaban el borde del vaso. Por lo menos le quedaba el café, molido, empaquetado y producido por una fábrica de su pueblo. Un aroma que todas las mañanas le embriagaba en un aroma de recuerdos que, pese a dejar en él un sentimiento triste, daban calma a la tormenta que se daba en su pecho.

30.1.17

Señora de rojo sobre fondo gris - Miguel Delibes

Ficha técnica.

Título: Señora de rojo sobre fondo gris.
Autor: Miguel Delibes.
Editorial: ANAGRAMA S.A
Publicación: 2009.
Nº de págs: 213 páginas.


Sinopsis.


Como si se tratara de un exorcismo, un viejo pintor recuerda ante su hija la figura de su esposa, ya fallecida.  El relato se enmara en los acontecimientos del verano y otoño de 1975, momento convulsionado por los avatares de una España en plena transformación. Pero la imagen de Ana, señora de rojo sobre fondo gris de la vida cotidiana, permanece inalterable.






«Pero, tras la sobremesa, acechaba de nuevo el suplicio del lienzo en blanco. Ante él me invadía una sensación de frustración, como si nunca hubiera pintado: su blancura me mareaba y, en principio, no osaba mancharlo y,  si me resolvía a hacerlo, resultaba inevitablemente un borratajo».

«¿Qué valor tenía saber que había sido, si había dejado de ser? Incluso llegué a pensar que mi importancia como pintor fue un vano intento, que sólo existió la voluntad de tu madre de que lo fuera y, ahora que ella languidecía, el gran fraude se ponía en manifiesto».

Quizá he abusado un poco de mi potestad como bloguero literario el meter dos citas relativamente largas, pero es que de ellas el libro está llena. Una narrativa que no me esperaba encontrar tan pronto después de haberme leído varias obras de Juan José Millás.

Una capacidad de exponer con detalle y sutileza sentimientos humanos que personalmente envidio en ambos escritores. Esa habilidad por escribir una obra cuyos pilares más gruesos son el monólogo y la construcción psicológica del personaje –así como la forma en la que este vive su vida–; y que, aun resultando complejo, son capaces de llegar a un punto profundo de nuestra alma y revolvernos el estómago al identificarnos tanto con lo que describen, lo que está por llegar… la muerte de un ser querido.

Concretando en Señora de rojo sobre fondo gris, os puedo asegurar que el escritor puso todo su corazón, pues investigando un poco supe que la obra iba especialmente dedicada a su mujer y a su prematura muerte. Un libro que, pese a no ser completamente exacto con la realidad, sí que se marca el objetivo de describir todo lo que significó esta para Miguel como escritor y como persona.

De capítulo único –no hay separación formal en actos ni en nada–, la historia constituye una especie de “carta” hacia de un pintor prestigioso hacia su hija; aunque, todo sea dicho, no considero que sea epistolar pues aun siendo un único escrito (en el que sólo hay un emisor, un receptor y la información se ofrece de forma unilateral) tampoco conserva la estructura propia de este recurso narrativo.

Otros puntos importantes como la trama y el contexto en el que se enmarca la acción se dejan entrever de vez en cuando,  sobretodo –y esto más lo segundo que lo primero– como un soporte para completar o detallar aun más la historia pero sin pretender que sea lo destacado o lo realmente determinante de la novela.

No es una novela particularmente larga, en una semana se puede leer perfectamente, y la recomiendo encarecidamente. Si bien no encuentro una razón de peso, o creo no encontrar una, la historia es bella y (a mí) ha conseguido entristecerme. Quizá la trama o la acción no vaya sobre efemérides épicas con dragones por el medio; sin embargo te hace vivir la literatura como un arte bastante ligado al mundo cotidiano y los dramas ligadas al hecho de vivir. En cierta medida, me parece un realismo psicológico escrito con muy buena pluma.

26.1.17

A mi yo escritor

La definición de un ser etéreo
con mil y una historias escritas
y otras dos millones por escribir.
Pero con una única vida,
tan suya como mía, que es imposible
–o él sencillamente es incapaz–
de describir, o plasmar sobre el folio,
en detalle y con honestidad,
cada uno de esos odios
cada uno de esos demonios internos
que yo estúpido retroalimento
que yo imbécil construyo.
Rencores que taponan los oídos
que mantienen mis párpados cerrados
y acelerado un frágil pulso.

Sólo  una condición le pude exigir
nada más aparecer entre la miseria,
entre las ruinas de mi pensamiento:
“¡Déjame en paz y sal de mí
con toda esta tormenta! Únicamente
imploro felicidad o el deseo
de no sufrir al no sentir nada”

Y en cierta medida, como un genio,
cumplió lo que ambos acordamos;
desahogando en prosa y versos
cada uno de mis llantos
y cada uno de estos sentimientos
que por no salir de mis ojos
o ser disparados de mis labios
fluían entre y con las palabras
aun desconociendo sus múltiples manejos
 y en cuyos significados nos perdíamos;
rescatando de la memoria  recuerdos viejos
pero siempre con bolígrafo en mano
trazando una –y sólo una– dirección,
buscando cerrar toda herida abierta
y ver cicatrizar a un agonizante corazón
que veía el pasar de los días
siendo yo su recipiente, ya vacío.

A mi yo escritor
o a cualquiera que lea mi alma
entre estos humildes versos:
¿Lo dicho antes pasó en realidad
o sencillamente necesito crear,
para mí, ese reflejo tan neutro?
Una coraza de arena y polvo,
una ilusión con la que estar cómodo,
un estado de indiferencia
fingiendo que nada me hacía sentir,
que no existía ninguna sensación capaz…
de afectar o perturbar mi paz mental
de zarandear este aparente equilibrio.


No lo consigo recordar…